Las bases para tener una relación sana con la comida se asientan en la infancia

La relación que tenemos con la comida de adultos, los hábitos más o menos saludables que mantenemos y los errores alimenticios que cometemos tienen su origen y su base en la infancia. Hablamos del hambre emocional, de cómo influye nuestra experiencia durante la infancia en la relación que desarrollamos con la comida y mucho más.

Muchos de los hábitos alimenticios y de la relación que tenemos de adultos con la comida están influenciados directamente por los aprendizajes que tuvimos en la infancia. Además, tendemos a pensar que el estado anímico solo influye en la relación con la comida en la vida adulta, sin embargo, los niños también experimental «hambre emocional». Repasamos, de la mano de Sumati Díez Querol, Coach nutricional, experta en gestión del hambre emocional y autora del libro «Tu relación con la comida habla de ti», algunas de las dudas sobre alimentación más frecuentes.

¿Cómo nos marca lo que aprendemos en la infancia en la relación con la comida?

Debemos tener en cuenta que la relación con la comida se crea durante la infancia. «La relación que tenemos con nuestra madre (la primera persona que nos nutre), la relación que ella tiene con la comida, las frases y creencias que se dicen en casa sobre la comida, la imagen que generamos sobre nosotros mismos según lo que nos dicen sobre nuestra forma de comer o sobre nuestro cuerpo, etc. crea la relación que luego se instaurará en nuestra vida y seguiremos como si fuera un legado. Es más fácil crear hábitos saludables en la infancia que cambiarlos de adultos, por ello, podemos hacer mucho y cuidar en la medida de lo posible la relación que nuestros hijos tienen y tendrán con la comida», asegura Díez Querol.
Como padres, muchas veces no somos conscientes de la tremenda influencia que ejercemos sobre nuestros hijos en todos los ámbitos, en la relación con la comida y en la alimentación, también. Sentar unas bases saludables y una relación sana también depende de nuestro tipo de alimentación, ya que somos el espejo en el que nuestros hijos se miran.
Hay hábitos que tenemos los padres que pueden influir negativamente en los hábitos alimenticios que tiene nuestros hijos y que podemos cambiar. Si compartimos con ellos tiempo en las comidas o si, incluso, nos ayudan a cocinar, su relación con la comida será más saludable: «cuando ellos se involucran y lo ven como un proceso creativo viven la relación con la comida como un juego y como algo saludable, no como una obligación», asegura la experta.
Otro error en el que caemos muchas veces es recurrir al chantaje emocional: «tendrás postre si te acabas lo que tienes en el plato» o «los niños de África se mueren de hambre», por ejemplo. Es mejor no utilizar la alimentación ni la comida como moneda de cambio o como herramienta de ataque porque puede crear una relación negativa con la misma.

¿Qué debemos hacer para sentar en los niños unas bases saludables de alimentación?

Si queremos que nuestros hijos establezcan una relación sana con la comida y adopten hábitos saludables, es importante que demos ejemplo y que lo que les expliquemos y pidamos que hagan nosotros también lo cumplamos: «Debemos tratar de generar coherencia entre lo que les decimos y lo que hacemos en relación a la comida», sostiene la coach nutricional.
También es importante el lenguaje y los mensajes que transmitimos, ya que tienen mayor calado del que pensamos en los niños: «Debemos poner mucha atención en los mensajes que les damos evitando frases del tipo: «en esta familia somos triperos», «todas las mujeres de nuestra familia tienen sobrepeso», etc.», explica la experta. Este tipo de mensajes transmiten la idea de que no es necesario cuidar la salud, ya que es una característica o un hábito familiar.

Claves para detectar problemas relacionados con la comida en la infancia y adolescencia

También es fundamental prestar atención al comportamiento y hábitos de los niños para tratar de detectar conductas que puedan evidenciar la existencia de un problema de salud o de un trastorno alimenticio que puede ir a más o empeorar con el tiempo. Si actuamos rápido y detectamos problemas alimenticios en la infancia, podremos corregirlos antes. Hay algunos síntomas que, según Sumati Díez Querol, nos pueden dar pistas de que algo no va bien:

– Les vemos comer más de lo normal, de forma rápida y sin masticar.
– Les vemos comer menos de lo normal y adelgazar.
– Debemos observar las frases o mensajes que dicen sobre su cuerpo y su imagen (autoestima).
– Observar si comen para gestionar emociones (miedo, frustración, ansiedad, etc.).

El «hambre emocional» en los niños

El estado de ánimo también influye y afecta en la relación que los niños tienen con la comida. Se llama «hambre emocional» y no es solo cosa de adultos: «El hambre emocional comienza en la infancia en muchos casos. Para ayudarles a evitarlo podemos tener muy presente la importancia de que sean ellos los que decidan, dentro de una serie de alimentos saludables, lo que quieren comer y, sobre todo, cuánto quieren comer. Si les obligamos a comer más de lo que desean se van separando de los mensajes de su propio cuerpo y puede ocurrir que el momento de la comida se empiece a relacionar con un momento de gritos y estrés o que traten de ser «niños buenos» si se acaban lo que tienen en el plato. De esta forma se separan de las sensaciones corporales, hacen lo que les dicen que tienen que hacer. Una de las claves para acabar con el hambre emocional es reconectar de nuevo con esas sensaciones para elegir conscientemente lo que queremos comer, lo que de verdad nos pide el cuerpo, no por la necesidad de saltarnos la norma y lo que nos han dicho que tenemos que hacer como acto de rebeldía» asegura la coach nutricional.

¿Qué debemos observar en nuestra forma de comer para tratar de cambiar lo que estamos haciendo mal?

Para detectar nuestro propio «hambre emocional» y tratar de combatir y eliminar conductas alimenticias negativas o erróneas es importante que hagamos un análisis de nuestros hábitos: «es fundamental que observemos si comemos cuando tenemos hambre física o si comemos para tapar o anestesiar emociones o sensaciones que nos hacen sentir incómodos. Para hacer esta diferencia podemos preguntarnos: ¿me comería en este momento una manzana (u otra fruta, por ejemplo)?, si la respuesta es sí, probablemente lo que tenemos es hambre física mientras que si la respuesta es no, seguramente lo que tenemos es hambre mental o emocional. Podemos observar también si el momento de comer es un acto en sí mismo o si comemos rápido mientras hacemos otra cosa (contestamos un whatsapp o trabajamos en el ordenador) y de forma inconsciente. Comer atentos, aunque comamos en 10 minutos, nos ayuda a que el alimento nos sacie más y que, además, hagamos mejor la digestión» aconseja la experta.

FUENTE DE LA NOTICIA: www.serpadres.es

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